La chica más bonita de la ciudad vive en un bloque de apartamentos construidos en una ofrenda de cemento y hormigón a las afueras de la ciudad. Una barriada triste, plegada sobre sí misma y llena de rostros cansados que son arrastrados sin gracia por los pequeños comercios, beben solitarias latas de cerveza en los bancos de la plaza, y parecen incluso compartir una misma vestimenta y un mismo lenguaje.
Cada mañana malgasta dos horas en atestados transportes públicos, pero ella no se imagina en otro lugar. ¿Lo hueles?, me decía cuando la acercaba a casa en coche y sacaba la cabeza por la ventanilla. Es el olor de mi barrio, huele a tango amargo y ganas de llorar. No querría estar en otro sitio.
La maquinaria de la supervivencia construye lugares en nuestra ausencia, y nosotros estamos destinados a creernos únicos al descubrirlos por vez primera. Como si nada existiese hasta que no le ponemos un ojo encima.
Me recibe con unos vaqueros gastados y una camiseta enorme de una universidad inglesa. Tiene el pelo suelto, carita de sueño y cuando me franquea el paso y sonríe mi corazón se pierde uno, dos latidos. Me dice que tiene que arreglarse sin perder la sonrisa, y yo se la devuelvo como un idiota aún sabiendo que llegaremos tarde y tendremos que dar un montón de explicaciones.
La chica más bonita de la ciudad bien se merece su propia sesión en el cine y una mesa con su nombre en ese restaurante del octavo piso que deja ver el rastro de las luces fugaces, supersónicas, de la gran ciudad.
